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Date: 07 Jun 2001
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~ECOS DE OTROS TIEMPOS~
Por:Enrique Carrillo.
"La Aristocrática y Señera Personalidad de Don José Antonio de Lavalle y Arias de Saavedra, cuya Obra constituye para las Nuevas Generaciones un ejemplo de fervor Peruanista, encuéntrase bellamente delineada en este discurso -realmente digno de una Antología- que pronunciara durante la fiesta del Centenario de Lima ese fino y alado Escritor que se llamó Cabotín.
'Mercurio Peruano' al salvar del olvido esta pieza literaria rinde homenaje al impecable estilista de "La Hija del Contador" y evoca con cariño al cronista elegante y suavemente irónico de "Viendo pasar las cosas".
Para quienes conozcan la obra literaria de estos dos escritores no podrá sorprenderles la maestría de esta semblanza: Almas de dos épocas, el Lic. Perpetuo Antañón y Cabotín, tuvieron, sin embargo, un mismo ritmo espiritual".
Señoras y señores:
Se extinguirá el eco de las músicas alegres y triunfales con que Lima celebra su IV Centenario y también, junto con ellas, el grave rumor de las acompasadas oraciones con que la elocuencia oficial solemniza tan fausta efemérides.
Los saraos aristocráticos,las verbenas populares, la policramía de las iluminaciones y de los juegos de artificio, el alborozado discurrir de un ancho río humano; veladas, conferencias, exposiciones y conciertos se convertirán en plácido recuerdo que el tiempo esfuma lentamente.
La vida callejera recobrará su ritmo cotidiano. Empero, en nuestro trajín diario por la Ciudad, algunas placas de bronce como esta que hoy inauguramos, evocarán en el Corazón de las generaciones presentes y futuras, nombres gloriosos de Peruanos Ilustres, que patentizaron con hechos su Amor por la Urbe donde nacieron o moraron y que enaltecieron y prestigiaron con sus Obras.
Felicitémos, Señores, de que el Municipio Limeño haya realizado este propósito de Justicia, de veneración y agradecimiento; maduremos como se debe la lección fecunda que de hoy en adelante se desprenderá de nuestros muros y ufanémos de un ayer que fué a veces triste, azaroso y sombrió, pero en el cual estos Varones insignes dejaron inciso como el buril en el metal precioso, trazo indeleble de su voluntad creadora, de su inteligencia directiva, de su arte primoroso, de su acendrada virtud.
Los habitantes de la Lima nueva, que se desborda por avenidas suntuosas y sonrientes, vendrán a buscar en estas lápidas la cifra que explica la gracia y la nobleza de la antigua Ciudad de los Reyes y que enlaza a ambas bajo un mismo signo de distinción y señorio. En el Orgullo de su pasado, sustentan los Pueblos sus anhelos de superación.
En el Siglo XIX se realizó la transición que convirtió la Sede Virreinaticia en flamante Capital de una República Independiente. Los hombres nacidos en los primeros años de esa Centuria alimentaron un amor fervoroso y nostálgico por la Lima de sus mayores y complaciéronse en alabar sus pretéritos encantos y en recoger sus leyendas y tradiciones antes de que su perfume se desvaneciera en el olvido.
Casi toda la Literatura limeña del Siglo XIX tiene este sello de emocionada evocación. Ricardo Palma llega a crear un nuevo género y adquiere universal renombre, utilizando simplemente los elementos menudos, delicados y graciosos que desentraña en los archivos de su Ciudad natal.
Otros contemporáneos suyos espigan tesoros en el mismo acervo, con igual amenidad y maestría y entre ellos merece citarse en primer término a Don José Antonio de Lavalle y Arias de Saavedra, Limeño castizo si los hubo, e prócera y linajuda estirpe, nacido en la Casona solariega, sobre cuyos cimientos se levanta este moderno Edificio que contemplamos. Entre las dos fechas 1833-1893 grabadas en este réctangulo de bronce, se compendia una existencia engrandecida por el sacrificio patriótico, depurada porla abnegación y el dolor y saturada de puro Limeñismo.
Quiera aceptar el Concejo Provincial de Lima la expresión de mi gratitud por el Honor que me confiere al encargarme el elogio de tan eminente Ciudadano, aunque sea dentro de la brevedad que las circunstancias me imponen.
Descendia Don José Antonio de Lavalle y Arias de Saavedra de una Familia que se ilustró en la Carrera de las Armas tanto en España como en el Perú. Su Abuelo, Don José Antonio de Lavalle y Cortés, Conde de Premio-Real y Brigadier de los reales Ejercitos, nació en Trujillo del Perú y casó con Doña Mariana zugasti y Ortis de Foronda.
Los Hijos de Don José Antonio de Lavalle y Cortés alcanzaron los más altos grados en la misma carrera, descollando entre Ellos aquel hazañoso Don José de Casimiro de Lavalle y Zugasti que se cubrió de Gloria en la campaña contra los Franceses y que después de resistir heroicamente en el famoso Sitio de Zaragoza encabezó con igual denuedo la defensa de Lérida. El Padre de Don José antonio de Lavalle y Arias saavedra, Juan Bautista de Lavalle y Zugasti, fué también Brigadier y su actuación nutrida en las postrimerias del regimén Español y en los albores de nuestra Vida Repúblicana reclaman los honores de una Monografía.
No siguió Don José Antonio el bélico ejemplo de Los Lavalle y su Naturaleza fina, espiritual y selecta, lo inclinó a la Meditación y al Estudio,al cultivo de las Bellas Artes y de las Letras y al ejercicio de su actividad Ciudadana en el Campo de la Diplomacia.Tal vez pudiera verse en esta última tendencia una derivación del Culto por las Armas de sus Mayores, porque ambas Carreras, la Militar y la Diplomacia, conviene decirlo y subrayarlo, requieren las mismas Virtudes e Idénticas condiciones de carácter, la sujeción a estrictas disciplinas, un Patriotismo que no ceda ante ningún Sacrificio, imperativos de Dignidad, Circunspección y reserva; y en ambas el esfuerzo más ingente y la más prolija diligencia suelen verse coronadas por la Incomprensión y la Ingratitud. No es la Diplomacia peruana modelo de duplicidad florentina, como suele afirmarse en nuestras vecindades. No es tampoco certamen de incapacidad y de incuria, como lo aseveran, fronteras adentro los sempiternos descontentadizos. Ribeyros y Paz Soldanes, Pachecos y Rivas, Pardos y Gálvez, para no mentar otros nombres más discutidos aunque no menos meritorios, han dado brillo y respetabilidad a nuestra Cancilleria. Cuando un Espíritu bien informado, imparcial y justiciero escriba la Historia de la Diplomacia Nacional, devolverá a muchos de nuestros agentes el lugar Honorable que les corresponde y comprobará la responsabilidad de los Gobiernos en nuestros fracasos internacionales, por no haber comprendido la transcendencia de una Carrera que era preciso crear, sostener y estimunlar y que no desmerece junto a ninguna Otra, porque encarna el Honor, el Derecho y los Intereses del País en el extranjero. En mis manos he tenido las páginas inéditas en que Don José Antonio de Lavalle expone el Origen y Desarrollo de su Misión extraordinaria en 1879 en Santiago de Chile; he sentido palpitar en esos pliegos amarillentos una Sinceridad absoluta, un Hondo anhelo de Paz, una Patriotica angustia; he admirado la serenidad con que el Narrador se contrae al relato escueto de los Hechos.
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